Capítulo 7
Peregrino y Mixtla caminaban cierto día por las orillas del Tamésis con la intención de cruzar al otro lado. Llegaron al atracadero de un palacio desconocido donde parecía celebrarse una fiesta, aunque la luz que sobresalía a través de los muros era demasiado mortecina.
Allí pasaron un largo rato llamando y gritando a los barqueros aunque podrían haber llegado al otro lado por tierra, con toda tranquilidad y, hasta haber solucionado algún pequeño asunto pendiente en ese lado del río.
Pero no, el amor epiléptico que los consumía hasta el chakra secreto –tantien- los llevaba a tomar decisiones apresuradas.
Al final contestaron de lejos dos barqueros y con extrema lentitud, como si fueran a la horca, llegaron a la orilla, donde tras muchas preguntas y respuestas sobre el dónde, a dónde, por qué, cómo y cuánto, acercaron la proa al embarcadero: uno de ellos le echó mano a Peregrino Alio y el otro –que parecía su hijo a pesar de rondar los sesenta y cinco años- tomó después a Mixtla y entonces sin que hubiera subido una bestia indecible crujió la sutil barca bajo su peso y, rajada en parte, comenzó a hacer agua.
Inesperadamente, ante la situación, Peregrino Alio sacó de una cartera de cuero que pasaba desapercibida un ejemplar –sino el único existente- del Officium Defunctorium y comenzó a recitarlo en latín.
Sin embargo, cuando vio la suerte de ambos tan adversa, se echó a reír frente a los barqueros, gente lacrimosa y triste.

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