Capítulo 26

En principio, la vuelta desde el lago Lausana a las sierras, -con la misión que se le había conferido de buscar y, más importante aun encontrar y regresarla a la torre extrema: la palabra perdida de los masones – no le producía a tsonam sobrexcitación de ningún tipo aunque desde el plano mental, estaba a punto de dejarse seducir por la mera curiosidad alerta de siempre. Como correspondía al guerrero.

Premeditadamente había establecido contacto desde mucho antes en la cumbre con la autora de las memorias de una masona luciferina escrita a mediados del siglo veinte por marga kearny, ocultista de origen irlandés aunque en retiro permanente en su casa de cruz chica convertida -al final de su vida- y retirada a un convento cuyo nombre no ha sido nunca revelado.

El capitán del barco no podía estar más feliz. En pocos días zarparía al frente de un grupo internacional de turistas de distinto origen aunque en su mayoría japoneses en un viaje a la Antártida, en nuestros mares del sur.

Tsonam, de la lectura de un texto hipocrático sobre la enfermedad sagrada (epilepsia) captó que se ubicaba entre lo mágico y lo científico.

Las apariciones intempestivas y sobre todo inciertas se disolvían en el reemplazo de la epilepsia accidental por el darse cuenta, ese estado fulgurante y esclarecedor de apostar a un universo en que lo real es invisible (platón)

Darse cuenta.

Ahora le parecía –no era del todo seguro- que en algún momento de su vida había padecido la enfermedad sagrada y que se manifestaba en una especie de retención de sentimiento, tanto hacia las primeras conquistas femeninas como a las últimas que había logrado soportar ya absolutamente sin capacidad de retener sentimientos sino de soltar y finalmente disolverse en el viento como un puñado de harina arrojado hacia el cielo libre… sin apegos.

~ por mcostoya en Febrero 12, 2008.

Escribe un comentario