Capítulo 27

Tsonam se dijo a sí mismo -mientras contemplaba cómo en el jardín, una yarará daba cuenta de un conejo poco comunicativo- que iría esa noche a la velada en casa de Malta una mujer algo influyente en el nivel local y a la que fue invitado en cuanto fueron presentados, ya que sabía claramente que debía actuar con una mente al desnudo, libre y sin ilusiones innecesarias; de lo contrario se sabía perdido.

Después de todo, su presencia -en algunas casas-, siempre resultaba inexplicable para los demás

En la noche serena y helada de agosto se deslizó en la fiesta. Parecía que estaba allí desde antes. Una señora ballenacea (era Celeste ?) se le acercaba bamboleándose y, agitando brazos cual molino enloquecido por el viento ni bien entrara en la réplica de la casa tibetana, avanzaba eso sí con una mueca que pretendía disfrazar de sonrisa y, en forma automática pero natural, giró tsonam sobre sus talones y desapareció detrás de una pesada cortina de pana..

Se asomó por una gran ventana y miró hacia el jardín, más abajo desde donde se encontraba.

Vio unos perros que le ladraban a la luna a la manera de tamayo.

Vio el nogal de ciento cincuenta años derrumbado por el viento. Le asombró ver a la dueña de casa, semejante a una araña desnutrida, caminando por el que fuera el largo tronco de arriba hacia abajo y viceversa.

La luna y los perros se duplicaban en la superficie de la pileta.

Meras ilusiones como todo lo demás inclusive como la gente que protagonizaba la fiesta

~ por mcostoya en Febrero 13, 2008.

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