Capítulo 36

La fiesta seguía su curso sin decaer. Eran unas cien personas. Grande fue la alegría de tsonam cuando, de manera inesperada y luego de evitar un tropiezo con la moza que servía champagne, se encontró con su amigo mauricio de quien la últimas noticias de él que tenía lo situaban en córcega.

El encuentro fue sorpresivo, como si alguien caminara por praga y se encontrara, de repente, con kafka, un kafka silencioso y taciturno que no pensaba en arrojar sus escritos al fuego ni encargarle a max brod su destrucción.

Ambos se saludaron a la usanza tibetana, pacíficos y sonrientes.

Comentaron brevemente las circunstancias que los acercó a esa fiesta.

Tsonam prefirió, por el momento, ocultar el verdadero propósito de su presencia en ese lugar del planeta.

Se pusieron de acuerdo en que sus actitudes, frente a distintas circunstancias y sucesos que vivían, cada cual por sí, les era útil para observar la mente sin ser arrastrados por las situaciones.

Semejaban espejos en los que todo se reflejaba; pero todo lo que se reflejaba no provenía de ellos, no eran ellos.

De esa manera no se hundían ni en la depresión ni en la sobreexcitación. Así, vivían cómodos y aliviados.

Hacía tiempo que no se veían aunque de tanto en tanto garabateaban escritos por mail.

Simplemente el curso de sus vidas los llevó a perder mutuamente el rastro. Aunque dada la sensibilidad que los caracterizaba, de tiempo en tiempo, se “veían” en forma espontánea, sin preliminar alguno, recortados sobre nubes o en el rumor del viento del este.

~ por mcostoya en Febrero 29, 2008.

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