Browne estaba exhausto. “Nunca llegaré al rio”, pensaba.

Sí, de a ratos se veía perdido, no porque le diera temor perder en el sentido de perder de verdad algo; en el ajedrez había perdido partidas imposibles en el bar ucrania, contra carlitos comeclavos, el griego, armen, mulet y su banda.

Claro que después de esas palizas no regresó más a baires. Pero sabía perder.

Tampoco le tomó idea a terry, cuando luego de una serie de cuatro lo hiciera trizas a él mismo.

La partida inconclusa – previa a su desaparición absurda a través de la escalera de su casa del bosque- , se jugaba contra terry o era una partida impostada en la que jugaba contra él mismo?

Como si el resultado operara para Browne como un oráculo.

El verdadero temor era que aún no había recibido las iniciaciones necesarias y finales para no seguir vagabundeando en la rueda eterna.

Qué ? pensaba sólo en sí mismo?

No, a Browne le encantaban los paraísos, sus ciudades y reinos; -en su juventud había puesto en escena el paraíso perdido-, donde se celebraban fiestas permanentes en jardines con máquinas extrañas que lanzaban agua, polvo de piedras preciosas, aromas.

Pero, o bien eran reflejos de su existencia durante la época isabelina o; por el contrario, francamente quería que todos los seres vivieran alejados de las causas del sufrimiento, en la felicidad absoluta, en la gran carcajada; sobrevolando cuerpos exánimes y olvidados contra las laberínticas calles y muros de la antigua benarés.

~ por mcostoya en Mayo 17, 2008.

Escribe un comentario