Capítulo 63.-

A esas alturas Grisha era visto como mitad espejo, mitad sueño por los habitantes del pueblo.

Resultaba raro encontrarlo y, aun en ese caso, era improbable que pronunciara ya no una palabra, sino la sola elaboración de un pensamiento.

Era tal la confusión de los acontecimientos que los más lúcidos, sentían que caminaban sobre una delgada capa, debajo de la cual un mundo informe, innombrable y patético acechaba, y tenían miedo de quebrarla pues no querían saber quiénes esperaban por debajo, sin entender que, en definitiva, podrían disfrutar del encanto de encontrarse con seres extraños a la propia imagen.

La pequeña librería de los tejados verdes no vendía nada de Poe, mucho menos de Lovecraft pero los antiguos ingleses locales encontraban, en lugares señalados de antemano, obras de Donne y otros isabelinos.

Por lo tanto, los demás, descreían del aspecto poético de aquél encuentro.

Su maldición –ya no solo cordobesa o de la punilla, sino universal- se centraba en la imposibilidad de distinguir el bien del mal.

Otros, más allá de las pendencias terrenales que los separaba del prójimo creían aun en la unificación de los buenos.

Estos verdaderamente eran de una ingenuidad tal que pretendían, inútilmente, revivir el pasado por el mero amor a las cosas viejas, los bancos de la vieja cancha de tenis, los techos misteriosos que se derrumbaban.

No entendían, ni unos ni otros, que en verdad estaban en un tiempo en que, el espíritu anterior de la vida en la cumbre no había desaparecido del todo y, el nuevo, no nacía aun por completo.

Aunque, sí, era fuerte la atmósfera mágica que seguía impregnando la cumbre; pero la magia como sistema intelectual del universo. Como si la cumbre fuera un vórtice importante, casi newtoniano, un newton hecho a su medida, que balbuceaba, con los anteojos rotos.

Pero Grisha, captaba todo ese mejunje de podredumbre ?

Por supuesto que lo percibía. No solo eso. Su misma formación le impedía, en forma natural ceder ante la misma realidad, la mantenía a raya, como quien dice.

El mundo no tiene principio” proponía desde los catorce años, a sus amigos. Estos lo miraban desde entonces como a un raro, un freak inusual, que los obligaba frente a esas palabras a quedarse en silencio, sin tener ya nada que comunicarse, sin reglas de juego. Silencio.

El mundo convencional exhalaba entonces un aire pútrido, nacía el lapsus que nadie aprovechaba…

Inexorablemente todo se degrada, se repetía a sí mismo.

Entornaba entonces sus ojos, secos; no se humedecían más, acostumbrado como estaba a dominar sus emociones aunque igual le entristecía pero escapaba, como inteligente que era, del auge global del lamento, del estúpido lamento, de la inútil afirmación: yo existo de Bill Gates…que a estas alturas funciona con una autonomía total, sin control; inventando realidades virtuales donde las rebeliones ya no funcionan, una especie de matriz impecable y super-desarrollada donde la muerte es vencida, donde ya no hay dueños anónimos del mundo…

CAPITULO 62.-

En esa época, comenzado otro invierno, Tsonam se refugió en buenos aires, dispuesto a deambular por las calles, de día, de noche. No entró a ningún cine, estaba harto de la situación “ir al cine”.

Con el paso de los días, comenzó a alejarse de todo. En una tranquilidad total, se sentía libre, protegido.

Después de todo ese sentimiento de no pedir nada, no clamar por nada lo consideraba un “mero trabajo.”

A pesar suyo, sin embargo, mientras caminaba no podía parar de mover los dedos de las manos y que su mirada se desplazara, errática, sobre cruces de calles, esquinas, otros caminantes, la rebelión de los objetos (paraguas, llaveros, sombreros, carpetas) a que eran sometidas alguna de las personas que cruzaba en la inmediatez de un brevísimo instante.

Se perdía y terminaba dando vueltas en círculo, con la esperanza de chocar con algún conocido para asistir al encuentro casual, y enmudecer, más allá de un simple saludo.

La tarde de un sábado cualquiera, salió a caminar.

Sus pasos lo llevaron al borde del lago de palermo; dio dos o tres vueltas, rodeándolo. Después se sentó –parecía hipnotizado- a mirar un partido de jockey en patines. Sonrió ante la habilidad de los jugadores. Pensó que la pelota –anaranjada- con la que jugaban semejaba de alguna forma el planeta y el Apocalipsis no ya de occidente –vieja manía- sino de todo el sistema.

La náusea ? No, sartre no tenía nada que ver con su estado.

Era como si su propio reloj se hubiera detenido a las 3,15 de la madrugada y no le preocupara darle cuerda nuevamente.

Reconocía –por instantes casi imperceptibles- la inutilidad de todo. A veces, mientras se deslizaba por la ciudad, sentía la necesidad absoluta de rellenar sus oídos con algodón, llenar su boca con esponjas de mar.

Resultaba curioso, pero estos estados no lo carcomían (·de una buena vez· como a veces deseaba) y su paciencia no se alteraba.

Pero Tsonam no era-aun-suficientemente grande como para luchar contra el tiempo.

Por más que caminara de noche e intentara –eso: sólo un vano intento- dormir, al fin, por la noche.

La indiferencia, no tenía ninguna utilidad.

Era como si tratara de sacarse la vieja piel de sus esfuerzos absurdos.

Como se arrancaba la piel seca, como también se inventaba nuevas envolturas para ayudar a los demás seres.

CAPITULO 61.-

El navegador que encontró Browne en su descenso al mundo del río le pareció, en un principio, un artefacto estrafalario.

En cuanto comenzó a unir paralelas y cruces, en la curvatura misma de esa caja extraña de marfil, dentro de la cual el repliegue, el ondulado de su contenido despidió una forma, también con esas formas, en un radio de unos treinta kilómetros, allá, donde el hombre no era nadie en ese paisaje, hombres habría diez. Nubes un millar.

Browne, con su mano derecha sobre el corazón murmuró Yo lo propuse y quedó decidido; es demasiado tarde, corazón mío, para hablar.

Esto no durará, no será larga la fatiga.

Con la caja apretada entre su cuerpo y un brazo se acostó sobre su manta tibetana de pelo de yak. Mientras se dormía pensó y ,… será mañana, hoy no tengo qué temer.

En un camino constantemente bordeado de precipicios a ambos lados, Browne pareció titubear, hasta que finalmente cayó, rendido.

~ por mcostoya en Junio 4, 2008.

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