Capítulo 64.-
El navegador que encontró Browne en su descenso al mundo del río le pareció, en un principio, un artefacto estrafalario.
En cuanto comenzó a unir paralelas y cruces, en la curvatura misma de esa caja extraña de marfil, dentro de la cual el repliegue, el ondulado de su contenido despidió una forma, también con esas formas, en un radio de unos treinta kilómetros, allá, donde el hombre no era nadie en ese paisaje, hombres habría diez. Nubes un millar.
Browne, con su mano derecha sobre el corazón murmuró Yo lo propuse y quedó decidido; es demasiado tarde, corazón mío, para hablar.
Esto no durará, no será larga la fatiga.
Con la caja apretada entre su cuerpo y un brazo se acostó sobre su manta tibetana de pelo de yak. Mientras se dormía pensó y ,… será mañana, hoy no tengo qué temer.
En un camino constantemente bordeado de precipicios a ambos lados, Browne pareció titubear, hasta que finalmente cayó, rendido.

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