Capítulo 64.-

•junio 4, 2008 • Dejar un comentario

El navegador que encontró Browne en su descenso al mundo del río le pareció, en un principio, un artefacto estrafalario.

En cuanto comenzó a unir paralelas y cruces, en la curvatura misma de esa caja extraña de marfil, dentro de la cual el repliegue, el ondulado de su contenido despidió una forma, también con esas formas, en un radio de unos treinta kilómetros, allá, donde el hombre no era nadie en ese paisaje, hombres habría diez. Nubes un millar.

Browne, con su mano derecha sobre el corazón murmuró Yo lo propuse y quedó decidido; es demasiado tarde, corazón mío, para hablar.

Esto no durará, no será larga la fatiga.

Con la caja apretada entre su cuerpo y un brazo se acostó sobre su manta tibetana de pelo de yak. Mientras se dormía pensó y ,… será mañana, hoy no tengo qué temer.

En un camino constantemente bordeado de precipicios a ambos lados, Browne pareció titubear, hasta que finalmente cayó, rendido.

Capítulo 63.-

•junio 4, 2008 • Dejar un comentario

A esas alturas Grisha era visto como mitad espejo, mitad sueño por los habitantes del pueblo.

Resultaba raro encontrarlo y, aun en ese caso, era improbable que pronunciara ya no una palabra, sino la sola elaboración de un pensamiento.

Era tal la confusión de los acontecimientos que los más lúcidos, sentían que caminaban sobre una delgada capa, debajo de la cual un mundo informe, innombrable y patético acechaba, y tenían miedo de quebrarla pues no querían saber quiénes esperaban por debajo, sin entender que, en definitiva, podrían disfrutar del encanto de encontrarse con seres extraños a la propia imagen.

La pequeña librería de los tejados verdes no vendía nada de Poe, mucho menos de Lovecraft pero los antiguos ingleses locales encontraban, en lugares señalados de antemano, obras de Donne y otros isabelinos.

Por lo tanto, los demás, descreían del aspecto poético de aquél encuentro.

Su maldición –ya no solo cordobesa o de la punilla, sino universal- se centraba en la imposibilidad de distinguir el bien del mal.

Otros, más allá de las pendencias terrenales que los separaba del prójimo creían aun en la unificación de los buenos.

Estos verdaderamente eran de una ingenuidad tal que pretendían, inútilmente, revivir el pasado por el mero amor a las cosas viejas, los bancos de la vieja cancha de tenis, los techos misteriosos que se derrumbaban.

No entendían, ni unos ni otros, que en verdad estaban en un tiempo en que, el espíritu anterior de la vida en la cumbre no había desaparecido del todo y, el nuevo, no nacía aun por completo.

Aunque, sí, era fuerte la atmósfera mágica que seguía impregnando la cumbre; pero la magia como sistema intelectual del universo. Como si la cumbre fuera un vórtice importante, casi newtoniano, un newton hecho a su medida, que balbuceaba, con los anteojos rotos.

Pero Grisha, captaba todo ese mejunje de podredumbre ?

Por supuesto que lo percibía. No solo eso. Su misma formación le impedía, en forma natural ceder ante la misma realidad, la mantenía a raya, como quien dice.

El mundo no tiene principio” proponía desde los catorce años, a sus amigos. Estos lo miraban desde entonces como a un raro, un freak inusual, que los obligaba frente a esas palabras a quedarse en silencio, sin tener ya nada que comunicarse, sin reglas de juego. Silencio.

El mundo convencional exhalaba entonces un aire pútrido, nacía el lapsus que nadie aprovechaba…

Inexorablemente todo se degrada, se repetía a sí mismo.

Entornaba entonces sus ojos, secos; no se humedecían más, acostumbrado como estaba a dominar sus emociones aunque igual le entristecía pero escapaba, como inteligente que era, del auge global del lamento, del estúpido lamento, de la inútil afirmación: yo existo de Bill Gates…que a estas alturas funciona con una autonomía total, sin control; inventando realidades virtuales donde las rebeliones ya no funcionan, una especie de matriz impecable y super-desarrollada donde la muerte es vencida, donde ya no hay dueños anónimos del mundo…

CAPITULO 62.-

En esa época, comenzado otro invierno, Tsonam se refugió en buenos aires, dispuesto a deambular por las calles, de día, de noche. No entró a ningún cine, estaba harto de la situación “ir al cine”.

Con el paso de los días, comenzó a alejarse de todo. En una tranquilidad total, se sentía libre, protegido.

Después de todo ese sentimiento de no pedir nada, no clamar por nada lo consideraba un “mero trabajo.”

A pesar suyo, sin embargo, mientras caminaba no podía parar de mover los dedos de las manos y que su mirada se desplazara, errática, sobre cruces de calles, esquinas, otros caminantes, la rebelión de los objetos (paraguas, llaveros, sombreros, carpetas) a que eran sometidas alguna de las personas que cruzaba en la inmediatez de un brevísimo instante.

Se perdía y terminaba dando vueltas en círculo, con la esperanza de chocar con algún conocido para asistir al encuentro casual, y enmudecer, más allá de un simple saludo.

La tarde de un sábado cualquiera, salió a caminar.

Sus pasos lo llevaron al borde del lago de palermo; dio dos o tres vueltas, rodeándolo. Después se sentó –parecía hipnotizado- a mirar un partido de jockey en patines. Sonrió ante la habilidad de los jugadores. Pensó que la pelota –anaranjada- con la que jugaban semejaba de alguna forma el planeta y el Apocalipsis no ya de occidente –vieja manía- sino de todo el sistema.

La náusea ? No, sartre no tenía nada que ver con su estado.

Era como si su propio reloj se hubiera detenido a las 3,15 de la madrugada y no le preocupara darle cuerda nuevamente.

Reconocía –por instantes casi imperceptibles- la inutilidad de todo. A veces, mientras se deslizaba por la ciudad, sentía la necesidad absoluta de rellenar sus oídos con algodón, llenar su boca con esponjas de mar.

Resultaba curioso, pero estos estados no lo carcomían (·de una buena vez· como a veces deseaba) y su paciencia no se alteraba.

Pero Tsonam no era-aun-suficientemente grande como para luchar contra el tiempo.

Por más que caminara de noche e intentara –eso: sólo un vano intento- dormir, al fin, por la noche.

La indiferencia, no tenía ninguna utilidad.

Era como si tratara de sacarse la vieja piel de sus esfuerzos absurdos.

Como se arrancaba la piel seca, como también se inventaba nuevas envolturas para ayudar a los demás seres.

CAPITULO 61.-

El navegador que encontró Browne en su descenso al mundo del río le pareció, en un principio, un artefacto estrafalario.

En cuanto comenzó a unir paralelas y cruces, en la curvatura misma de esa caja extraña de marfil, dentro de la cual el repliegue, el ondulado de su contenido despidió una forma, también con esas formas, en un radio de unos treinta kilómetros, allá, donde el hombre no era nadie en ese paisaje, hombres habría diez. Nubes un millar.

Browne, con su mano derecha sobre el corazón murmuró Yo lo propuse y quedó decidido; es demasiado tarde, corazón mío, para hablar.

Esto no durará, no será larga la fatiga.

Con la caja apretada entre su cuerpo y un brazo se acostó sobre su manta tibetana de pelo de yak. Mientras se dormía pensó y ,… será mañana, hoy no tengo qué temer.

En un camino constantemente bordeado de precipicios a ambos lados, Browne pareció titubear, hasta que finalmente cayó, rendido.

Capítulo 60.-

•mayo 20, 2008 • Dejar un comentario

Tsonam esa noche tuvo un sueño que, al despertar, no supo bien si era del todo auspicioso.

Estaba entre dos salones, en una fiesta.

En uno de ellos, -una especie de cono de luz-, la gente bailaba y charlaban al azar pero todos, absolutamente, estaban con máscaras. Tsonam soñaba con plena conciencia que era él quien soñaba. Le constaba, pues podía ver sus propias manos en ese doble estado en que se encontraba.

Vio que las máscaras que usaba la gente estaban en su mayoría rasgadas, la pintura saltada, deshilachadas. Si miraba fijamente hasta podía ver los rasgos ocultos por la máscara.

En el sueño vio que también había otra fiesta donde la gente estaba a su antojo sin máscaras. Avanzó los pocos pasos que separaban conos de luz y en cuanto puso un pie en el mundo de los sin máscara, este desapareció, se sumergió como un delfín en aguas oscuras.

En su lugar se encontró con el alba en el jardín del castillo.

Hacia el mediodía escribió en su libreta moleskyne : “ …la palabra perdida quiere reconstituirse. Esto lo noté anoche cuando en la fiesta los azorados invitados daban vueltas alrededor del billar como en una ronda. Habían descubierto que la línea recta de las palabras era precisamente el camino de las pupilas ardientes, lo dibujaron con tiza sobre el tapete verde…. No pensar más en el cabrito de cinco patas que vi esta mañana…

•mayo 17, 2008 • Dejar un comentario

Browne estaba exhausto. “Nunca llegaré al rio”, pensaba.

Sí, de a ratos se veía perdido, no porque le diera temor perder en el sentido de perder de verdad algo; en el ajedrez había perdido partidas imposibles en el bar ucrania, contra carlitos comeclavos, el griego, armen, mulet y su banda.

Claro que después de esas palizas no regresó más a baires. Pero sabía perder.

Tampoco le tomó idea a terry, cuando luego de una serie de cuatro lo hiciera trizas a él mismo.

La partida inconclusa – previa a su desaparición absurda a través de la escalera de su casa del bosque- , se jugaba contra terry o era una partida impostada en la que jugaba contra él mismo?

Como si el resultado operara para Browne como un oráculo.

El verdadero temor era que aún no había recibido las iniciaciones necesarias y finales para no seguir vagabundeando en la rueda eterna.

Qué ? pensaba sólo en sí mismo?

No, a Browne le encantaban los paraísos, sus ciudades y reinos; -en su juventud había puesto en escena el paraíso perdido-, donde se celebraban fiestas permanentes en jardines con máquinas extrañas que lanzaban agua, polvo de piedras preciosas, aromas.

Pero, o bien eran reflejos de su existencia durante la época isabelina o; por el contrario, francamente quería que todos los seres vivieran alejados de las causas del sufrimiento, en la felicidad absoluta, en la gran carcajada; sobrevolando cuerpos exánimes y olvidados contra las laberínticas calles y muros de la antigua benarés.

Capítulo 59.-

•mayo 16, 2008 • Dejar un comentario

La casa de Browne en que habían logrado entrar peregrino y mixtla tiene un escalera que, a ellos, les pareció tenebrosa pues si bien no se veía el final, cada escalón llevaba grabados distintos signos, misteriosos, preocupantes.

A la hora de desentrañar jeroglíficos como los llamaba mixtla o símbolos según peregrino; éste, conseguía acercarse más al centro del símbolo, se simbiotizaba con él.

Le encantaba describir diseños que veía en los jeroglíficos. Después de estudiar los signos (ya no jeroglíficos) del primero y último de los peldaños llegó a la conclusión -según allio provisoria- que, en conjunto, relataban una especie de génesis al revés.

Capítulo 59.-

•mayo 16, 2008 • Dejar un comentario

Como escritor, nunca se sintió forzado a escribir sobre hechos que había vivido, por lo general reanudaba un relato -propio o ajeno- como una ilusión más. Huellas nuevas, inverosímiles, sobrenaturales.

Y como prefería no escribir forzado -por el lector, por el que lo escuchaba, estaba en su presencia; no como mirón, sino como quien tiene la visión como materia prima, como si relatar sobre el otro fuera filmarlo-, muchos lo acusaban de disimular y de mentir.

Entonces, así, tal como se sentía y era (en definitiva) no buscaba información transgrediendo -ayy!-, los meros contornos de su memoria, sino que unía las secuencias en su novela, las ensamblaba, las adaptaba una a la otra para hacer coincidir lo vivido con lo que no pudo vivir y entonces inventaba, recreaba, sobre todo recreaba para darle cierto grado de verosimilitud al relato.

Un petit mal como se lo llamaba antes.

Al escribir, sentía la necesidad de no estar ni siquiera en el relato sólo porque no soportaba hacerse visible a los otros.

Por ejemplo, nunca más visitó a sus protegidas.

Capítulo 58.-

•mayo 16, 2008 • Dejar un comentario

Todo el tiempo pasaban cosas…

Gardiner descubrió a Alexandra rezando a su dios. Le llamó la atención, sin embargo, que para rezar –a quien fuese ella se colocaba una nariz postiza.

Pero Gardiner estaba empeñado silencioso y devotamente en otro tipo de plegaria, levantó la copa en un saludo perverso y dijo: “Chapultepec. Al amanecer. A muerte.” La bebió de un trago, se levantó y salió orgullosamente del salón.

Cuando regresó, la multitud empezó a murmurar y a hablar detrás suyo, pero de algún modo su charla se oía como sojuzgada y atemorizada…

Terry soltaba en el jardín, miles de musarañas, que corrían en fila india hacia el chorrillo según ellas a refrescarse, absolutamente en rebeldía.

El americano impasible no negaba que en cierto sentido les tenía cierto temor en cuanto que las musarañas desarrollan por sí unas espinas venenosas que producían la muerte en cincuenta y cinco minutos.

El único antídoto conocido es el que se extrae de la cobra capelo que habita en el hindustán, y por el momento, ningún habitante de La Cumbre pensaba viajar hacia el país de los hombrecillos encorvados color cacao…

Grisha se había conectado, finalmente, con los agnósticos primordiales, asistido a algunas reuniones. Llegó a admirar –no obstante ser judío- a los cabalistas cristianos, a picco de la mirándola, a bruno…

Malbrán Jr., embarcado -como se viera- en el “Explorer”, no se sintió cómodo con la campera columbus y la arrojó por el ojo de buey de su camarote. Rebuscó en su valija y encontró una barbour que se puso de inmediato. Así, se deslizó hacia el restaurante Ifigenia sobre la cubierta del Explorer; despreocupado y volado a la vez parecía una figura de un videojuego.

En los alrededores del pueblo se respiraba un viento extraño y los arroyos bajaban de las montañas con repentina energía, sin embargo las aves estaban taciturnas sobre el suelo, la cabeza gacha…

No era muy buena onda el clima que se movía por su cuenta; los más sensibles con la mirada por sobre el cerco del laberinto, presagiaban la noche calma que precede a la furia desatada de la energía desconocida, preocupante, shakesperiana…

Capítulo 57.-

•mayo 7, 2008 • Dejar un comentario

Sin dudas sin sueños sin sufrimientos sin dios, Terry salió de cruz alta dispuesto a encontrar a Browne en algún recodo del camino.

Terry era el único habitante de La Cumbre que no ignoraba que a esa hora de la noche helada Browne no podía sino estar acunado por relámpagos.

El mundo mismo parecía estar en erupción. Las cenizas ganaban los caminos, caían sobre el pueblo y azotaban las puertas como un mar inesperado.

La gente, en voz baja, quebraba las reglas de la indiferencia.

Alguien que estaba demás en La Cumbre, abrió las puertas del miedo.

Terry no tenía miedo, acostumbrado como estaba a los mantos rojos arrojados sobre la tierra.-


Capítulo 56.-

•mayo 7, 2008 • Dejar un comentario

Tsonam, después de la famosa fiesta, pródiga en encuentros, era mirado como “a investigar·” por los notables del pueblo.

Bajaba al pueblo, tomaba un café con sus amigos y luego, desaparecía.

No se lo volvía a ver.

Maestro en el arte de desaparecer, en sus encuentros casuales con amigos o conocidos estos quedaban con la impresión –a la que dieron por llamarla el espejo humeante– que tsonam nunca había estado allí donde se lo viera. No porque se encontraran en algún baño chino itinerante, sino por el carácter volátil de la esfera tsonam. La imagen del espejo que humeaba era exacta.

Peregrino y Mixtla lograron encontrar la casa de Browne en el bosque. La encontraron deshabitada, golpearon las manos, nadie salió nadie les ladró.

Con timidez y con sus sombreros en la mano, la otra sobre el picaporte, entraron a la misteriosa casa del inglés desaparecido. Husmearon por allí y por aquél lado buscando alguna nota, algo, que los llevara directamente al grupo que buscaban. Hallaron un borrador de un proyecto browniano acerca de la custodia de la palabra perdida de los masones en las sierras de los alrededores.

Había dibujada una torre y detrás un esbozo en clave del uritorco…

En un alto del difícil y lento descenso, Browne, recordó otra vez que había operado con símbolos, pero como autodidacto, operaba desde la escritura, desde la creación de mundos paralelos, tan truco de mago!

De mago que camina a través de sus trucos sin inmutarse.

Capítulo 55.-

•mayo 1, 2008 • Dejar un comentario

Browne, antes de desaparecer esa noche tuvo un sueño. Se veía a si mismo en su lecho de muerte rodeado de algunos personajes que jamás había visto. El dudaba entre preguntarles: quiénes son ustedes? Quièn los dejó entrar? Qué hacen aquí? y apretar el llamador de la enfermera o, por el contrario, recibirlos con una sonrisa de entendimiento, sentirlos como a seres amigos y cálidos. Optaba en el sueño por extenderles la mano.

Le indicaban que los siguiera, que se levantara de una vez de la cama absurda que había inventado para contemplar su propio escape en esa dura noche de agosto

Increíblemente, cuando despertó del sueño no estaba en su casa del bosque. Se encontraba en la torre y allá abajo el río, el ancho río todo el mundo del río recorrido de cabo a rabo por la vieja barcaza de su amigo conrad.

La cuestión que se le presentaba estaba referida a cómo hacer para reunirse allá; a orillas del río que se agitaba como el fuego que sube.

Browne lamentaba aquélla partida de ajedrez inconclusa.

La casa del bosque, el lamento de los zorros que no podían morder la luna, cual tarot desechado, i ching dejado de costado.

Había escrito sobre símbolos, es cierto, se decía mientras comenzaba su difícil descenso.

Tampoco logró olvidar la botella de vino de la familia gascón abierta.